Quiero desenamorarme, ¿será eso posible?

Es lo que se pregunta Helga Pataki en Hey Arnold, mientras abraza el relicario con la foto de su amado. ¿Qué respuesta podemos ofrecerle desde el psicoanálisis?

No hay mucha vuelta: para desenamorarse, hay que hacer un duelo. Freud, en su texto Duelo y Melancolía (1915), define al duelo como “la reacción a la pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente: la patria, la libertad, el ideal, etc.”. La persona debe elaborar y aceptar que algo de mucho valor para ella está perdido. Según Freud, el trabajo de duelo consiste en que “el examen de la realidad ha mostrado que el objeto amado no existe ya y demanda que la libido abandone todas sus ligaduras con el mismo”. La mente registró la pérdida y ahora hay que quitarle las ligaduras libidinales. ¿Qué son las ligaduras libidinales? En criollo, podríamos decir que son esos enganches con todo lo que te gusta del otro. Por ejemplo, lo ricas que le salían las milanesas a tu ex, lo graciosos que eran sus chistes, lo bueno que estaban los polvos, etcétera. Todo ello debe ser resignificado para poder dar paso a otra cosa, a otras personas y otras historias. 

En una clase de la universidad, un docente afirmó que un sujeto en duelo no puede ser diagnosticado. Es cierto, me gusta pensar que la relación entre el psiquismo y el duelo es como si una persona desarmara un rompecabezas y mezclara todas las piezas de manera enloquecedora. Así quedaría la mente si el sujeto no asumiera que hay un trabajo que hacer con esa pérdida. ¿Cómo empezar? Es difícil. Un paciente en duelo llega con niveles altísimos de angustia. En su decir, hay que desmalezar qué significó para esa persona lo que perdió, qué lugar ocupaba en su vida, qué sentidos tiene abrochados, qué extraña de lo que ya no está. A medida que se va moldeando el objeto y sus sentidos, se podrá ir construyendo qué perdió el propio sujeto en eso. Porque, plot twist, en un duelo la pérdida es doble: el objeto amado y algo de uno mismo. Efectivamente, perdemos ese otro que fuimos para alguien, y eso también es doloroso.

En ese sentido, el psicoanálisis es el espacio donde el sujeto se encontrará no sólo con algo del otro, sino con lo propio, y a partir de allí podrá desasir sus ligaduras libidinales que, a fin de cuentas, lo llevará a un lugar más libre. Y, a eso, no hay con qué darle.

I hate you…but I love you…
but I hate you.


Joaquín Gallardo es autora de la nota.
Luna Zaballa es la editora de la nota.

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