La Traición

Estuvo casi dos horas esperando en la esquina de Godoy Cruz y Correa mientras vigilaba el hotel. Prendió la radio. Coincidentemente, sonaba la melodía que a Edgar y a ella les gustaba. Miró por el espejo derecho y por el retrovisor. Tenía una buena vista de toda la vereda en donde estaba: una mujer barría las hojas otoñales luego de que el viento suave las tirara. El cálido día se prestaba para esa tarea.

-¿Qué hago? -se preguntó Bianca, de repente, mientras se miraba en el espejo del parasol.

Era una joven como tantas: delgada, de pelo castaño y ojos marrones. Muchas veces, pasaba inadvertida.

-Inadvertida, pero no por eso fea -se dijo, mirando su celular.

Habían pasado dos horas desde que les dijo a sus hijos que iba a salir a comprar algo. Estaba tardando más de lo usual. Apagó la radio con enojo.

-¿¡Por qué me dejo llevar por los chismes!? -dijo golpeando el volante-. Mariela tiene razón, la gente habla porque sí. Son chismes, nada más. -pensó, mientras recordaba los consejos que su mejor amiga le daba cada vez que corría algún rumor terrible por el barrio-. Ella siempre tiene razón.

Bianca bajó raudamente del auto y fue al almacén de la esquina.

-Voy en una corrida -se dijo-, así compro lo que me falta para preparar la cena antes de que llegue Edgar del laburo, aunque los lunes llega más tarde porque trabaja más ese día desde hace varios meses. Sin embargo, no logra traer más plata a la casa.

Entró al almacén. Hizo la fila mientras sonreía pensando en lo tonta que había sido por haber estado ahí dos horas, al pedo, simulando jugar con su celular. No obstante, no dejó de mirar la esquina del hotel a través de la puerta vidriada. De repente, vio un hombre alto como Edgardo que llevaba un bolso de trabajo parecido al de él. Estuvo tentada a gritar su nombre, pero se contuvo.

-Disculpá -le dijo al almacenero-, me tengo que ir.

-Vaya, vaya -le respondió el hombre.

Bianca salió casi corriendo y con su celular le sacó varias fotos al hombre del bolso. Atrás de él, había una mujer. Ambos caminaban como si no se conocieran, sin embargo, coincidentemente, iban al mismo ritmo con el cabello húmedo y recién bañados. Cruzaron un puente sobre las vías. Bianca se dio vuelta y regresó al auto. Arrancó, tempestivamente, y cruzó la barrera de Acevedo. Tomó Rivadavia porque sabía que estarían en la parada del 638. Ahí los encontró, distanciados entre sí, pero en la misma fila.
La semana siguiente, Bianca les dijo a sus hijos que iría al almacén. Los adolescentes no le prestaron mucha atención y pidieron que les comprara galletitas. Estaba oscureciendo. Bianca fue al almacén del barrio. Rápidamente, compró, charló con una vecina para asegurarse de que otras personas la vieran en ese lugar y salió. Había dejado el auto cerca de la parada donde habitualmente bajaba su marido.
A los 5 minutos, llegó un colectivo. Edgar bajó con la misma mujer que había visto en la estación. Se saludaron como si recién se hubieran encontrado. La mujer era Mariela, su vecina y amiga. Tenía el cabello recogido.

Bianca mordió sus labios y murmuró algo. Puso en marcha el coche y miró por los espejos. La calle estaba solitaria. Cuando ellos comenzaron a cruzarla, los embistió sin detenerse.
Llegó a su casa, guardó el auto, le retiró la patente trucha y sirvió las galletitas para que sus hijos comieran.

Mariela no sabía cuidarse de los chismes.

María Angélica Sayavedra (Masaya) es la autora de la nota y la ilustradora de la portada.
Forma parte del taller El tintero.
Indi Paredes es la editora de la nota.

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