Qué hubiese pasado si…

Si todas las mañanas te levantás para caminar veinte cuadras hasta la estación de tren, subirte a un vagón que es muy frío en invierno y sofocante en verano e ir a un trabajo que odiás con cada partícula de tu ser, no cabe duda de que dichas mañanas serán grises. Las mañanas grises tendrán ese color a pesar de que estén iluminadas por un sol naranja recién salido o que las flores primaverales te acompañen en el camino. Al menos eso pensaba hasta que te vi.  

La primera vez, fuiste uno más. No pasaste desapercibido, en absoluto. Sin embargo, no fuiste el primero con el que mis ojos se entretuvieron para pasar un viaje. Tuve muchos amoríos fugaces que comenzaron en Liniers y terminaron en Morón. A veces, cuando tenía más suerte, me acompañaban hasta Once, el final del recorrido, pero solo eran esto: Fantasear por veinte minutos sobre la vida llena de color que podríamos tener juntos y que sería diferente a mis mañanas oscuras.

Con vos fue distinto. Capaz fue la manera en la que mirabas por la ventana o la sonrisa sincera que le dedicabas a cada persona que pedía ayuda para vivir. Esas personas para quienes el mundo era mucho más negro que mis mañanas.

O fue eso o que te empecé a cruzar en cada una de ellas. Quizás siempre nos cruzamos, pero no me di cuenta hasta que te vi. Cuantos tesoros se nos pierden delante de nuestras narices por estar sumergidos en nuestras penurias diarias.

Tal vez, de a poco, vos fuiste pintando esas penurias de colores con esas acuarelas que se asomaban en la mochila marrón que cargabas. Sin saberlo. Nuestra única interacción consistía en un par de miradas donde nuestros ojos tímidos se cruzaban. Para salir de la cama en la mañana, solo necesitaba eso que me causaba una emoción que nunca había experimentado.

Cómo no armar una película de principio a fin, si entre tanta gente y entre miles de caminares pesados, los míos siempre se encontraron con los tuyos y tus perfectos dientes blancos. Siempre, en el mismo vagón.

Ayer estuve a punto de hablarte, pero me dio miedo. No quiero ni que mis mañanas vuelvan a ser monocromáticas ni que la realidad mate a la fantasía. Tampoco quiero preguntarme toda la vida que hubiera pasado si tan solo te hubiera preguntado si querías ir a tomar un café.

No puedo esperar más. Mis amigas me dijeron que tengo que ser más grande que mis miedos. Hoy me quedé dormida y se me pasó el tren, nuestro tren. A pesar de eso, vi cómo te subiste en la estación de Morón, tres estaciones después de la mía. Vi tu pantalón de jean azul oscuro y tu remera blanca lisa que dejó entrever la marca del bronceado que fuiste acumulando con el pasar de los meses. Pude ver como sacaste de tu mochila el mismo libro que yo tenía en la mano y decidí que no podía ignorar ni una señal más.

Me paro de mi asiento y siento como mis rodillas se doblan. Me tiembla todo el cuerpo y me cuesta caminar. Me choco con un nene que viste una remera rasgada y unas zapatillas por las que se escapan uno de los dedos gordos de su pie pidiendo a gritos una monedita para comer.

Levanto la vista y te veo a vos, mirándome, con la sonrisa más linda que nunca. Abro la boca, pero las palabras no me salen. Pasa un segundo que para mí dura lo mismo que una eternidad. Veo como mi cuento de hadas se desvanece frente a mis ojos, pero justo antes de que me dé la vuelta, me agarras la mano y, entre risas, decís: “Tanto tiempo”.  

Yo te miro desconcertada y agregas, tímidamente, que me estuviste buscando todas las mañanas. Seguro se me nota todo en los ojos. Cuando se trata del amor, esos son las ventanas del alma y no hace falta decir algo más.

Tus ojos reflejan en los míos el último destello de luz. Todo se vuelve oscuro, como las mañanas antes de conocerte. En este minuto exacto, me doy cuenta de que el color se fue para no volver.

Con mis manos sucias, tanteo en la oscuridad las distintas caras de los pasajeros buscando la tuya, la cual será mía desde este momento y para siempre. Reconozco tu sonrisa y, como aquel 22 de febrero, veo tus ojos abiertos por última vez

Candelaria Gianfrancisco es la autora de la nota
Indi Paredes es la editora de la nota.

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