La intimidad del sueño.

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo… 

Fernando Pessoa

¿Qué nos transmite la lectura de La inteligencia del sueño de Anne Dufourmantelle? ¿Qué nos revela el paisaje de ese libro? ¿Qué lengua metamorfosea? ¿Qué nueva gramática emerge de él? La autora nos dice: “Los modos por los cuales en nuestra cultura se inscriben los relatos como lugares de memoria y de creación pronto cambiarán de forma o desaparecerán. Nuestra propia lengua se metamorfosea”. Dufourmantelle también nos propone pensar lo siguiente: “la modificación radical de nuestros apegos con los objetos, por lo tanto, con el deseo, la memoria, el porvenir, con eso que se guarda y se borra, con los lugares. El sueño tiene este privilegio extraordinario de ser, como hipotetizó Freud, zeitlos, sin tiempo, pero con el poder de significar el tiempo. La inteligencia del sueño es, por lo tanto, capaz de pensar en tiempo real esta mutación”. ¿Qué podemos leer en eso? Nos encontramos con algo que no se busca e inesperado como lo subrayado por Lacan en diferentes momentos de su enseñanza. Él se refirió a la frase de Picasso «No busco, encuentro» en el seminario “Momento de concluir”. La recordó y la modificó de la siguiente forma: “actualmente no encuentro, busco”.

Nos preguntamos cuál es la lengua del sueño. Lacan considera que lo real del inconsciente es un “tejido de palabras” que se presenta al sujeto como enigmático: “Las palabras que dicen el sueño parecen extranjeras al sueño, pero ellas revelan al soñador, a veces son un relámpago a alguna ‘solución’ o una ‘anticipación’”.  

Hablar de esa lengua que no se sabe es hablar de una lengua que no se aprendió porque no se la puede aprender y, por lo tanto, “no se sabe que se sabe”. Proviene de lo más interior de sí mismo que aún no ha sido encorsetada por el sí mismo y la convención. Esa lengua no contaminada por el poder está imposibilitada y no puede hacer una traducción simbólica de lo absoluto porque allí es donde se revela la singularidad de lo más íntimo. Lo íntimo del sueño produce un desborde al romper el encierro. El encapsulamiento dice aún más: algo de lo no nacido y de lo no dicho.

Lo íntimo es innegablemente un sentimiento de la infancia. Existir es un modo de expresión de quien recibe su ser del otro. Su tiempo propio pertenece a la infancia cuando la separación con respecto al otro aún no está consumada. La intimidad del seno y, a veces, la lengua semblantea esos inicios de la vida del desprendimiento y la separación del otro. El cuerpo funciona como un límite fronterizo que delimita ante los otros la presencia del sujeto. El cuerpo entra, se precipita entre lo soportable y lo insoportable y, en esa entrada, emerge una lengua arrastrando su eterna errancia.

Dufourmantelle dice: “Hacer valer esa presencia paradojal del mundo que nos concede el sueño, es no cerrarse únicamente sobre el aquí y ahora, sobre lo cotidiano, sino ser desbordado, desplazado por cualquier cosa que nos precede y nos desarma ¿Tal vez sea nuestra relación con ese tiempo, llamado infancia, lo que desplaza del interior toda certeza?”. El circuito de lo pulsional es un movimiento entrópico que, paradójicamente, busca conservar un estado anterior de la organización de lo material. La vida es entrópica y el grado de desorden es molecular. Según Freud, la pulsión tiende a conservar, pero el desborde y la desorganización hacen que la vida se sienta y permiten la existencia del sujeto.

“No se vuelve de la infancia, nos desplazamos al borde, donde volvemos en pensamientos, en sueños, en recuerdos, toda nuestra sensibilidad fluyendo y la manera en la que el mundo hizo sentido en nosotros. Esa infancia que guarda del sueño su iluminación y se borra, antes de ser recordada en una rememoración siempre fragmentada”.

Existe una concepción paradójica del cuerpo: él como soporte del sujeto y frontera de su relación con el mundo y, en otro nivel, el cuerpo sutilmente disociado del sujeto. Aunque el cuerpo aparece como algo evidente, nada es más inaprensible que él. Es posible diferenciar el interior del exterior del cuerpo y que se desarrolla un intercambio entre ellos. El cuerpo inspira-expira, absorbe y eyecta. Marca el inicio de un entrecruzamiento entre el adentro y el afuera.

El sueño se asemeja a una banda de Moebius y no tiene borde. No hay nada que separe el exterior del interior, a las migajas que recordamos al despertar y a las pesadillas que nos persiguen desde hace mucho tiempo. Hay dos caras que en realidad son una que al mismo tiempo recorre la superficie que ese recorrido traza y delimita la superficie del cuerpo. La pulsión es entrópica y eso conlleva a la finitud del individuo.

Freud describe ese trabajo como minucioso en la condensación y el desplazamiento. Produce un sentido, pero de acuerdo con una lógica que no es lineal ni fácilmente descifrable a la conciencia. Articula algunos trazos, cortes y restos siguiendo lo tormentoso y enigmático del deseo.

El sueño se asemeja a una banda de Moebius y no tiene borde. No hay nada que separe el exterior del interior, a las migajas que recordamos al despertar y a las pesadillas que nos persiguen desde hace mucho tiempo

Hay algo en el interior mismo del sueño que no duerme, siempre está ahí y no se vuelve compatible con el deseo de dormir. El sueño es una formación de compromiso que permite seguir durmiendo y un pacto logrado entre dos elementos heterogéneos de tiempos diferentes y conflictivos entre sí: el deseo inconsciente (prohibido e infantil) y la barrera de la censura que impone su excepción para el acceso a la conciencia. ¿Qué se encuentra en la ranura, en la hiancia de lo no nacido y de lo no dicho?  El ombligo de los sueños. ¿No es acaso la prueba de que lo vivido en un tiempo remoto nos ha “tocado” como por medio de una resonancia que no se pierde y que transmitirá algo del rasgo humano? Somos una x, un enigma en una cadena significante o una falla deseante que busca a tientas insistiendo recuperar algo del territorio infantil perdido aun sabiendo que no lo vamos a encontrar. 

Nos interrogamos lo siguiente: ¿Cómo se hereda el deseo? ¿Cómo es el acto inaugural del encuentro con un otro, su pasado común, su raza, su linaje y su lengua? Freud conceptualiza la huella de la desaparición del sujeto cuando refiere teóricamente al “ombligo del sueño”. Lo define como el punto donde todas las asociaciones convergen para desaparecer. En ese lugar ya no es más posible relacionarlas con aquello que se denomina como “lo no reconocible”. Es en ese momento de desaparición que el sujeto ve que se abre ante él otra brecha. El límite engendrará una regresión al infinito del deseo hacia otro deseo.

Retomamos una frase de José Luis Juresa: “Al mismo tiempo, la denominación ‘ombligo’ alude a algo preexistente a la vida representacional de la que él- el ombligo- es su huella, su resto. Esto nos hace pensar que el sueño nos conduce a su ombligo y a lo preexistente que en éste se condensa”. Pensamos al sueño como un agujero negro, un campo de atracción que magnéticamente conduce o transporta las partículas materiales a un lugar con geografía desconocida.

Así como Freud intentó leer las letras del sueño inaugural de la inyección de Irma y la fórmula emergente de la trimetilamina como vías de acceso directo a lo inconsciente, recordamos lo que plantea el Talmud, texto sagrado de la comunidad judía, el cual dice que los sueños tienen significados que deben ser interpretados para evitar transformarse en “una carta no leída”. Este dicho nos permite hacer una analogía con el enunciado del paradigma de leer: “hay una escritura en el habla solo si hay lector”.

Lacan plantea que para el psicoanálisis la escritura poética tiene un valor que abre una dimensión que se diferencia a la interpretación analítica: “Cuando el analizante habla, hace poesía”. Esa es una vía privilegiada de acceso a lo inconsciente. Como dice José Slimobich: “Si algo vivifica es el encuentro con la letra, la ruptura del sentido común, como experiencia cercana a la poesía, el arte que se anima a jugar con el vacío necesario para un discurrir menos mortificante de la existencia”. ¿Acaso los sueños no pueden ser pensados como producciones de lo inconsciente que nos presentan letras y rompen el sentido común pensado como lo indescifrable que nos interroga? 

“No hay recuerdo intacto, excepto, tal vez, cuando en un deslumbramiento poético nos es restituido, perfecto, un momento de la infancia” 

Anne Dufourmantelle

Referencias bibliográficas
Dufourmantelle, Anne, Inteligencia del sueño.
Freud, Sigmund, La interpretación de los sueños.
Jullien, Francois, Lo íntimo. Lejos del ruidoso amor.
Juresa, José Luis, “La infancia que insiste III: el cuerpo” en http://www.polvo.com.ar/2021/09/la-infancia-que-insiste-iii-el-cuerpo/
Lacan, Seminario 25, “Momento de concluir”, clase del 14 de marzo 1978.
Le Bretón, David, El cuerpo herido. Identidades estalladas contemporáneas.
Slimobich, José, Jornadas Pandemia y cuerpo en la Escuela Abierta de Psicoanálisis.


Paola Lospinoso, es psicoanalista y es la autora de la nota.
Ramírez, Graciela M, es psicoanalista y es autora de la nota.
Ambas autoras son integrantes de la Red Colectiva Psi.
Indi Paredes es la editora de la nota.

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